1, 2, 3, 4, 5, 6, 7, 8. Ocho tiempos, una octava. La mínima unidad para contar la música en el extraño universo de las zapatillas de media punta. Lo primero que escuchan y que aprenden quienes enfrentan el desafío de darle ritmo al cuerpo y al alma. Ocho tiempos, que encierran un sinfín de pasos y emociones. Ocho tiempos, que echan a andar esa curiosa maquinaria que crea arte con los pies.
Así como para recorrer un largo trayecto se parte de un primer paso, para llegar al “8”, hay que empezar por el “1”. Ese primer tiempo está mucho antes de que suenen los primeros acordes de la música. Podría empezarse a contar desde el momento en que se decide formar parte del mundo de los escenarios. Ese momento en la niñez, en el que en vez de pedir una golosina en el kiosco de la esquina, ruegan que les compren un pollerín y una malla, por supuesto, de color rosa.
La emoción de entrar al vestuario y probarse las zapatillas se ve en los rostros de las pequeñas que por diversos motivos (sean las películas de “Barbie y el Cascanueces”, o una inusual influencia de Beethoven o Mozart desde el momento en que están en la panza de mamá), eligen renunciar a ver “Casi Ángeles” o “Patito Feo”, para encontrarse con 60 minutos de ¿Magia?, que ellas mismas generan desde el momento en que se agarran de la barra, para colocarse con “piecitos de pingüino”, o primera posición.
Es gracioso ver cómo, para lograr “la mejor primera posición de la barra”, las flamantes bailarinas acomodan ellas mismas sus pies, al grito de “¡mira seño, que bien que me sale!”, pudiendo relajarse solo con la mirada aprobatoria de la “seño”, quien, a su vez, intenta enseñarles como realizar sus primeros pasos.
La música comienza. Están todas perfectamente colocadas (con excepción de una, o dos, que se distraen porque mamá está en el salón observando la clase), incluida la profe, que se pone delante de ellas para que puedan copiarla. Se largó el plié, lo primero que estas aspirantes a ser la próxima Paloma Herrera aprenden.
Cuando el piano del cd deja de escucharse, es hora de las primeras correcciones, que se supone, estarán aprendidas para la clase siguiente (lo que representa un pensamiento bastante iluso por parte de la docente). “Separen las rodillas cuando bajan, levanten los talones”, es uno de los principales consejos que reciben, una de las primeras cosas a interiorizar, para hacerlo bien la próxima, y “que la seño me felicite”.
Plagado de pasos con nombres franceses, y frases como “estiren la punta”, y “la espalda derecha”, los ejercicios de barra continúan. Hoy, aprendieron a hacer un “battement” (que es pronunciado “batman”, y que las niñas asociarán con el famoso encapuchado, haciendo más fácil que recuerden su nombre), y se entusiasman viendo cuán alto levantan la pierna. Así, un simple paso se convierte en una mortal competencia para “ser la mejor”. Competencia que termina con un reto y con la frase “un mini recreito y seguimos”.
“Hagamos una filita para tomar agua y una para ir al baño”. Algunas van a refrescarse, y a otras las acompaña la profe para ayudarlas a sacarse la malla. Después, se sientan todas en ronda. Juegan a cosas tan antiguas como el “mensú” o intercambian figuritas de las Princesas de Disney, contándose infidencias como “tengo tres novios” o “voy a hacer de Dama antigua en el acto del cole”. Diez minutos después, guardan todo en la mochila y hacen otra filita, pero en una esquina del salón, para hacer saltos desde la diagonal.
Una vez más, a la cuenta de “¡5, 6, 7, va!”, las niñas hacen el salto tijera, llevando sus piernitas hacia delante. Algunas, sin embargo, cruzan corriendo el salón sin despegarse del suelo. Tienen miedo de caerse. Ahí, un tierno “¿me ayudas?” sale de los labios de la más chiquita, de tan solo tres años. Agarrada de la maño de la seño, cruza el interminable salón, y saltan juntas. Aprendió un nuevo paso.
Vuelven caminando en puntitas de pie, mas bien, haciendo courú (curú, que es como suena y como se lo acuerdan ellas), y con “brazos de bailarina”. La mirada al frente, serias, concentradas. Las mamás que hacen de público sonríen y sacan fotos, o hasta filman.
Llegó el momento de la coreografía, y todas corren a sus lugares. Algunas se pelean por ver quien va adelante y quien atrás. Discusiones que, justamente, quedan atrás cuando se quedan quietas como estatuas esperando que la música empiece. Allí empiezan a sentirse princesitas al compás de un vals. Se balancean para un lado y para el otro, con sus brazos en perfecta armonía con sus pies. Se sienten libres, y sus caritas sonrientes son el mejor regalo para su profe.
“Bueno, nos vamos a casa”, y otro grupito de nenas entra al salón. Las futuras bailarinas se van corriendo a abrazar a mamá y a papá, que las esperan ansiosos y les preguntan que aprendieron. La profesora va a buscar sus cd´s, a juntar sus cosas, pensando en qué preparará para la clase siguiente. En ese momento, una alumnita se le acerca y le dice “tomá seño, para vos”, sacando de su mochila un dibujo garabateado. Son ellas dos vestidas con tutú, y bailando. No puede evitar que se le iluminen los ojos. Le da un beso a la pequeña, y guarda el dibujo, diciéndole, a ella y a sus compañeras: “¡nos vemos la próxima, practiquen!”.
María Fernanda Gutierrez

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